Lo que más me gusta de colaborar con monasterio de cultura es poder intercambiar, entre amigos, música con la que te topas casi sin querer…
http://www.monasteriodecultura.com/2011/10/sea-oleena-sleeplessness-2011-2/
Lo que más me gusta de colaborar con monasterio de cultura es poder intercambiar, entre amigos, música con la que te topas casi sin querer…
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Bostezaba mientras leía el periódico, bostezaba en las conversaciones con sus amigos, bostezaba al ver la TV o pasear por la playa, bostezaba cuando estaba con su novia, bostezaba hasta en la ducha, bostezaba mientras le insultaban o le dolían las muelas. Era imbatible. Bostezaría ante el pelotón de fusilamiento, ante el mismo Dios habría bostezado.
Iñaki Uriarte, Diarios (1999-2003). Pepitas de calabaza acaba de sacar el segundo volumen.
Yo también me uno a lo de celebrar los 20 años de uno de los mejores discos de la historia.
Una de las constantes que más o menos han permanecido inalteradas desde la llegada de la era de Internet, es la permanencia de los foros de discusión. Desde el principio, aguantando el tirón en diversas formas y colores. Irreductibles que aguantan el tirón en los grupos de noticias. Otros tantos que siguen en listas de correo gestionadas por mayordomos. Foros con una arquitectura tan rara que ni siquiera contienen discusiones anidadas. O rediseños de nuevo cuño con la última versión de phpbb o bbpress. Con gente con todo tipo de gustos y aficiones. Gente que sabe más que tú. Por tanto, no es de extrañar que estas nuevas barras del bar donde en lugar de cerveza hay bolsas de doritos hagan su aparición, o incluso tengan un protagonismo crucial en la narrativa actual.
Un buen ejemplo es Juliet, desnuda, la última novela de Nick Hornby. En ella, el propio Hornby escribe directamente que Internet sirve para que cuatro australianos, dos conquenses y tres oriundos de Sebastopol se junten y hablen del cantante de polka más oscuro de hace veinte años. Así nadie queda en el olvido. Y hay que darle la razón, ha dado en el clavo.
Duncan, uno de los protagonistas, es justamente uno de esos raritos que pueblan foros, un tipo que está totalmente obsesionado con un tal Tucker Crowe, un cantante (ficticio) oscurísimo que compuso un disco tan arrebatador (Juliet), que aún en el día de hoy hay gente que se siente impelida a desgranar los últimos matices de la obra. Y Duncan es el típico tío mediocre que es alguien en Internet, el que más sabe de Tucker Crowe. La novela tiene un comienzo brutal, Hornby gasta su estilazo de siempre y esta vez sí que parece estar iluminado por aquella bombilla que se encendió cuando escribió Alta Fidelidad. Mordaz, puntilloso, creíble, divertido y ligero, los primeros compases invitan a seguir leyendo, a ver qué es exactamente lo que pasa con Duncan, su pareja —la pobre mujer se ve arrastrada por los delirios de Duncan, hasta que ni corta ni perezosa, escribe en el propio foro para decir con honestidad que el disco no es para tanto— y sus crisis… Un cóctel de crisis demoledor de los que dejan una resaca de varios días… Y es que cuando cambias el licor “qué estoy haciendo con mi vida” por el “qué cojones he hecho con mi vida estando contigo”, la borrachera puede ser máxima.
Otro ejemplo es el cuento de ciencia ficción The Lifecycle of Software Objects de Ted Chiang. El estadounidense sigue demostrando que es uno de los escritores contemporáneos de CF que mejor en forma está, y esta vez dibuja a una cuidadora de animales que, por avatares del destino, termina trabajando en una empresa de desarrollo de software encargada de diseñar una especie de mascotas dotadas de una avanzada inteligencia artificial y que sirven de compañía en la típica interfaz gráfica social estilo Second Life que solía poblar las novelas cyberpunk de los ochenta. El cuento es bastante simpático, sobre todo porque justamente por la ambientación uno espera ver una premisa algo más cyberpunk (o al menos más orientada a la esquizofrenia de identidades de la red), y al final Chiang hila un relato muy asimoviano centrado en las inteligencias artificiales, sus derechos, su techo de capacidades, sus formas de realizarse, sus sentimientos (si los tienen). Como fondo, me resulta muy curioso el hecho de que Chiang deja que la mayor parte de la interacción social se realice a través de foros de Internet o del propio Internet mismo, quedando las relaciones físicas (o clásicas) y sentimentales en un segundo plano totalmente anecdótico; lo que tiene como consecuencia que el único motor narrativo es el amor por las susodichas mascotas con inteligencia artificial; al final la riqueza de sentimientos y la complejidad de los personajes viene dada por eso, por su amor por estas creaciones humanas, unos constructos artificiales que existen en un plano inmaterial, y a pesar de ello, tienen su impacto en el mundo. Una especie de revisión del síndrome de Stendhal (¿la 2.0?) para el nuevo milenio. Y es que está visto que los pokémon pueden llegar a emocionar de esa manera.

Hay veces que la pasión por el cine te lleva a preguntarte qué es lo que hay detrás. Emily es de esas personas que se preguntó lo que hay detrás de las cámaras, que medio lo entendió y luego pensó “pues yo también podría hacerlo”.
La idea. Una peli de zombis con niños… Y si pensabais que no hay nada más complicado que rodar una peli con niños, imagínate que tienes 12 años y eres la directora.
Zombie Girl es un documental que gira en torno a Emily Hagins, esa niña que trata de perseguir su sueño. Esas grandes historias que llegan del otro lado del atlántico que muestran cómo alguien puede trabajar de algo que realmente le gusta. Pero claro, si ya Terry Gilliam tiene dificultades, imaginaos las de Emily. Además de sus errores de principiante, porque la chiquilla va aprendiendo sobre la marcha.
Y es que además Emily lo hace todo. Guión, dirección, cámara, organización… Y sus limitaciones las cubren la paciencia de sus padres… Y qué paciencia.
El documental ha quedado curioso. Aunque quizá es mejor que te lo cuenten que verlo…
Para muchos, las camisas a cuadros, el grunge, y toda esa cultura que culmina con Kurt Cobain reventándose los sesos.
Para otros, aunque ahora renieguen de elastica, fue el Rule, Britannia!, y la música que venía de allí.
Y los 90 también fueron esto.
Sí. Ese piano es de Fugazi. De esa rara avis que es I’m so tired. Y sí, ese rap es el hit C.R.E.A.M. de Wu-Tang Clan.
Otra película que echa la vista atrás a los 90 es The Whackness.
Que no deja de ser otra de esas películas medio cómicas, medio románticas, con un protagonista que se queda pillado por la típica chavala que se le sale del presupuesto. Sin embargo, esta película funciona básicamente sin la historia de amor, lo que realmente reluce es la relación entre el protagonista, interpretado por Josh Peck, y su psicólogo/cliente, que no es nada menos que un Ben Kingsley sublime.
Y también relucen esos 90 que sirven de marco, gracias a una banda sonora de lujo que sobre todo se centra en el hip hop de la década (guiños a los Wu-Tang incluidos, no solo porque Method Man tenga un pequeño papel). The Notorious B.I.G., el clásico “Can I Kick It” de A Tribe Called Quest, van dando vidilla a esa Nueva York de hace 15 años.
Ah, y también sale una de las Olsen. Y da bastante grima.

Buscar a Leonard Cohen es lo mismo que estar a la espera de que te ocurra algo, como cruzarte con don Leonardo por las calles de una cruda Montreal.
En Looking for Leonard, Jo es esa chica perdida que mientras lee Los hermosos vencidos se pregunta qué hostias está haciendo con su vida. Tiene ganas de gritar ese «se acabó», pero se conforma con ir a un taller de escritura creativa (grandes confesionarios del s. xxi) entre atraco y atraco (su novio, el hermano de su novio y ella se dedican a atracar tiendas).
Por otro lado, Luka es el inmigrante del este que llega a la ciudad para cumplir con el sueño americano (aunque sea en Canadá). Huye de una ruptura, para encontrarse con una mierda de apartamento y un trabajo inexistente.
Al final Jo no se cruzará con don Leonardo, pero las dos líneas paralelas que trazan los personajes se terminan cruzando inevitablemente. El cine es así de predecible, siempre ocurre lo imposible.
La película no es una maravilla, pero se deja ver… Es simple, efectiva, llana hasta en sus metáforas (ese los hermosos vencidos es quizá demasiado obvio). Quizá la única pega es ver las imágenes intercaladas de un Leonard Cohen sonriente; pero no deja de ser el símbolo de lo anhelado, el fin de la zozobra. Como curiosidad, aparece también Molly Parker («coño, ¡si es Alma de Deadwood!») que interpreta a una monjita con una frase cojonuda: «¿Eso es de la Biblia? Qué va, lo dijo Charles Bukowski».

Hay otras maneras de acabar con la zozobra. Y convertirte en un terrorista es una de ellas. Christie Malry’s Own Double Entry es quizá el hombre unidimensional que retrató después Michel Houllebecq en Ampliación del campo de batalla; de hecho, son sorprendentes los paralelismos que se pueden trazar entre las dos obras. Houllebecq explica en su novela que hay dos motores en el mundo actual: triunfo sexual y triunfo económico. Si no se tiene ninguno de ellos, se producen depresiones. Por otro lado, el triunfo en uno de esos lados puede ser el garante del triunfo en el otro (o de un sucedáneo).
Christie Malry solo quiere esas dos cosas, sexo y ganar dinero. En su búsqueda de lo segundo aprende el sistema de contabilidad por partida doble: los cuernos. El unicornio es un ser mitológico, todo crédito tiene su débito y viceversa. Al final todos los lados tienen su mismo monto, como un espejo y sus dos lados.
Christie Malry al final decide llevar ese sistema de contabilidad en su vida privada. Toda acción realizada en su contra (débito) tiene que ir acompañada de una acción que le favorezca, una suerte de justicia kármico-económica contra el mundo opresivo actual. ¿Me insultas? Te rayo el coche. ¿Hacienda me cruje? Pues la vuelo en pedazos.
Lo peor de Christie Malry es que es una película que gana mucho más contada que vista (como el 90% de las historias de CF). El personaje que interpreta Nick Moran («coño, ¡el de Lock & Stock!») no termina de cuadrar del todo, lo pintan como si tuviera trastorno limítrofe y da a entender que la causa de su comportamiento es ese trastorno, y realmente tengo mis dudas de que en la novela de B. S. Johnson en la que se basa esto sea así. La película arrastra ese lastre desde el principio y no termina de tener la fuerza que se merece… Es una pena, porque se intuye que hecha con más tino podría haber resultado en algo realmente grande.
Aprobado raspado, sobre todo por lo espectacular de la banda sonora de Luke Haines.

Nick y Norah: una noche de música y amor es una de las comedias indie-romanticonas que me trago con una facilidad pasmosa. Contiene los ingredientes que me gustan: adolescentes confundidos (esta vez le toca a Michael Cera y su cara de panoli), un ritmo y tono desenfadado cercano a la comedia chorra, guiños a tutiplén para los amantes de la música indie actual —aparece una pegatina de Merge Records nada más comenzar la película y estoy vendido como lo estuve con la pegatina de Fireside en Alta Fidelidad— y hasta Devendra Banhart haciendo un cameo.
La película es convencional a saco, pero sabe jugar bien sus cartas; en ningún momento del metraje se toma en serio, es del estilo de “mirad, sabemos que más fácil que esto no se puede hacer, pero os lo vais a pasar bien”. Muy del estilo del indie escogido para acompañarla: Shout Out Louds, Vampire Weekend, Bishop Allen, We Are Scientists… Indie de Spotify del que no te importa que se note el bitrate bajo cuando suena, porque entra igual de bien (aunque jamás irías a ningún concierto por tu propio pie). Y me da en la nariz que será una comedia generacional de culto como lo es la película basada en la novela de Nick Hornby, y si no al tiempo. Muy disfrutable.

Daydream Nation, a pesar del guiño a Sonic Youth del título, es una película indie que echa aguas por todos lados. Es una pena porque contiene buenos ingredientes: adolescentes confundidos, una selección musical que a priori es mejor que la anterior película (Stars, Emily Haines, Beach House), guiños para los modernillos (joder, hasta uno de los personajes se llama Thurston) y un pueblo de mierda.
El problema que tiene Daydream Nation es que no va a ninguna parte. Mete varias subtramas sin venir a cuento, simplemente como excusa para meter una dirección videoclipera que se pasa de pretenciosa: demasiado filtro, demasiada localización rebuscada. Diálogos orquestados y de teatro de instituto que dan más risa que otra cosa —aunque bien podrían rellenar los separadores de las carpetas de los adolescentes de hoy en día—, un ritmo pobre y cansino (por el batiburrillo de tramas) y un tono que se toma demasiado en serio, como si buscara precisamente la consagración en la película generacional de culto de la época actual. No la salva ni Kat Dennings.